martes, 31 de enero de 2012

2012

Si creyera en el mito de que el mundo está perdido y en que todo es un desastre, me atrevería a decir que todo es por causa de los falsos saltos de conciencia, esa voluntad de ser justos y honestos a través de lo superficial, como haciéndose cargo de los titulares y no de los contenidos. Los nuevos supuestos receptivos y sensibles flameando la bandera de la alegría y la igualdad, pero sólo como escape de la tristeza y el juicio.

Algo está pasando, es innegable, hay una apertura a relativizar algunas verdades instaladas, existe una mayor aceptación a las novedades a priori, hasta se puede hacer una lectura esperanzadora sobre la evolución del intelecto si se quiere.

Pero, como toda gran utopía de salvación, con ella crecen desmedidamente los que arruinarán el progreso hacia un nuevo sentir, o hacia una amplitud de entendimiento. Los aprendices que desbordados de tanta certeza deciden ser maestros.

Lamentablemente el “enemigo” de las revelaciones y las revoluciones ya no es el ciego que no le interesa ver nada y existe por inercia, este ser al menos conserva su dignidad manteniéndose al margen, no finge ser parte de ningún cambio y desde su lugar sólo participa como pieza inerte de un engranaje, se ocupa de sí y en buena medida pasa desapercibido. Esa enorme distancia entre unos y otros seres funciona como inspiración al menos.

Lo desastroso es que desde hace un tiempo se comenzó a gestar una clase de visionarios predicadores, que no sólo les basta con experimentar el descubrirse y transformarse, sino que al parecer precisan decirle a sus pares cómo debería actuar y de qué forma le conviene existir en tiempos de grandes cambios. Ofreciendo consejo sí, pero después de juzgar indiscriminadamente.

Esa es la confusión que resta, el camino corto hacia la verdad y lo auténtico. Una pantalla más que llena de palabras innecesarias las horas. La solidaridad mal entendida, la filantropía frívola.

Pareciera que simplemente bastase un segundo para que un libre pensador se sume a esta corriente, hecho que se comprende, ya que solicita menos esfuerzo, y debe ser sumamente gratificante compartir con otros las supuestas virtudes que tenemos y lo bien que le estamos haciendo al mundo. A mi entender, estamos en presencia del mayor bastardeo a la humildad, y todo parece indicar que recién comienza.

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